Punto de partida
Dirigir ya no basta. Hay que influir.
El liderazgo del siglo XXI ya no se sostiene sobre la autocracia, la jerarquía rígida ni el control del detalle mínimo del trabajo. Ese modelo caducó. Lo que necesitan las organizaciones es un líder capaz de conjugar las tareas y las personas, y de adaptar su comportamiento a la situación, al contexto y al equipo.
A partir de ahí, el Metaliderazgo propone un cambio de nivel: entender el liderazgo como la capacidad de influir, no como la facultad de mandar. Y para influir hace falta un repertorio, no un estilo único. Ese repertorio son los cuatro comportamientos universales de personalidad.
El nombre no es casual. Del mismo modo que la metacomunicación es la comunicación que explica la comunicación, el metaliderazgo es el liderazgo que es consciente de los liderazgos que tiene dentro: los reconoce, los ordena y los pone al servicio del objetivo y de las personas.
En una frase
«Un metamodelo que pivota sobre la capacidad del jefe o líder para conjugar las tareas y las personas, y que le permite conocer y dominar sus cuatro comportamientos de personalidad universales.»
Ignacio Campoy Aguilar
El origen
William Marston y la Teoría DISC
El modelo se apoya en la teoría de comportamiento de personalidad desarrollada por el psicólogo William Marston en la Universidad de Harvard, quien centró su interés en las personas «normales» —las típicas— y describió cuatro áreas de comportamiento presentes en todos nosotros. Desde la familia como primer agente de socialización, pasando por la escuela y los grupos de referencia, tendemos a apoyarnos en una de ellas; el Metaliderazgo trabaja las cuatro.